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Verant es una Consultora Estratégica en Responsabilidad Social Empresaria.

Verant tiene por misión brindar a sus clientes soluciones rentables para el desarrollo de negocios sustentables y exitosos.

Verant tiene por visión un mundo de negocios donde las empresas sean exitosas respetando el medio ambiente y en armonía con la sociedad.

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En 1965, uno de los fundadores de Intel, Gordon Moore, propuso una ley empírica que reza que cada dos años se duplicaría la cantidad de transistores en un circuito integrado.  Lo pueden buscar en Wikipedia para mayor información al respecto.  En criollo, lo que significa es que cada dos años los procesadores van a ir más rápido y que los anteriores quedarán obsoletos.

Lo sorprendente de la máxima de Moore es que se cumple bastante al pie de la letra, según mostraron los últimos 50 años.  En la vanguardia de la tecnología, dos años es un montón.  Pensemos por ejemplo en la telefonía celular.  Ya tenemos en el bolsillo procesadores más veloces que muchas de las computadoras que reposaban en nuestro escritorio dos años atrás.  Un celular de dos años de antigüedad es eso, una antigüedad.   Y si todavía funciona es un milagro.  Esto sucede gracias a la obsolescencia programada, de la cual ya hemos hablado aquí

Más allá de las consecuencias tecnológicas del postulado de Moore, el factor psicológico que lleva aparejado es demoledor.  Cada dos años, los productos que utilizamos nos parecen lentos, y resulta que no pueden correr las últimas aplicaciones o programas, o que no tienen las prestaciones que podríamos disfrutar si invirtiéramos algunos pesos adicionales en su renovación.  Obsolescencia percibida. Esto está en el núcleo del negocio de las principales empresas de tecnología del planeta.

La pregunta que nos resta hacer es si la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida son compatibles con las prácticas sustentables.  Ah! Menuda pregunta para principios de enero.  La respuesta creo que pasa más por el “cómo” que por el ”qué”.

Mi heladera, mi celular, mi TV, y muchas de las cosas que uso todos los días no me servirán en los próximos años.  O se romperán, o tendré ganas de modernizarme por algún adminículo que me brinde mejor prestación.  Ya no existe la heladera de la abuela que funciona hace treinta años.  Eso es el “qué”.  Para sostener sus actividades, para seguir innovando, para bajar costos, las empresas necesitan volumen de ventas.  La obsolescencia programada y percibida son fundamentales para estos objetivos y las empresas de tecnología simplemente no dejarán de recurrir a ellas.

Qué hago con la heladera que se rompió o con el celular con Android 2.1 cuando ya hay disponibles celulares con Android 4.2 por USD 300?  Cómo los desecho?  Qué estoy desechando?.  Si esos productos que desechamos están plagados de metales, minerales y compuestos no renovables, es evidente que la aceleración en los plazos de reemplazo representa una amenaza para la sustentabilidad del planeta.  Si no tengo opciones para deshacerme de la heladera rota, también.  Este es el “cómo”.

Entonces, para ser compatibles con la sustentabilidad a largo plazo de nuestro sistema ecológico, social y económico, las claves son dos: una al principio mismo de la cadena productiva, la otra exactamente al final. 

Con el principio, nos referimos a la idea, al concepto, a la investigación y desarrollo.  Parte de la inversión en innovación deberá estar en poder reemplazar estos compuestos no renovables por alternativas que sí lo sean, antes que por el desarrollo de nuevos sistemas operativos, por decirlo de alguna manera. Las energías alternativas, los bioplásticos y tantas otras novedades apuntan a este objetivo.  Se necesita mucho más esfuerzo en este sentido.

Al final de la cadena productiva, es decir, en el consumidor final, la historia es otra. Si deseo comprar una gaseosa, y el productor decidió una gama de envases en los cuales me la hace disponible.  Si no me agrada ninguno de esos envases, puedo elegir otra marca.  Pero si ninguna marca me ofrece un envase que no contamine, me quedo sin opciones, más que no comprar gaseosa.  Siguiendo esa rama de pensamiento, no podría comprar casi nada en este mundo, y no tendría computadora para escribir esta nota, ni transporte para llegar a mi trabajo, ni ropa, ni muchos alimentos, ni remedios, ni tantas otras cosas.  Pareciera que la solución no es por ese lado.  Aquí es importante comprender la importancia de extender la responsabilidad del productor.  Siguiendo el ejemplo de la gaseosa, implicaría que el consumidor pueda devolverle fácilmente el envase de gaseosa a la empresa que la produjo para que se haga cargo del envase.  Que cuando se rompa mi teléfono, se lo pueda devolver al señor Samsung, Motorola, Nokia, Apple o quien fuera para que se haga cargo de disponerlo.  Las empresas han externalizado el problema de la disposición final en el consumidor, lo que les ha ahorrado incontables millones a sus balances.


Si el consumidor pudiera devolver a quien produjo la parte inservible de lo que se llevó a su casa (y que no ha decidido comprar pero que vino con lo que compró), probablemente el productor se preocuparía mucho más por estas cuestiones.  Cambiaría desde el packaging hasta el compuesto más mínimo que no pudiera reciclar.  Se preocuparía por usar elementos que puedan ser recuperables y reutilizados en nuevos equipos.  Algunas empresas están iniciando su camino en este sentido; no estoy hablando de una utopía.  Hoy puedo depositar la batería inservible de mi viejo celular para que el señor LG se ocupe de su disposición final.  Lo que digo es que se ocupe de todo el teléfono, no sólo de la batería.  Y las automotrices de sus autos y de todo lo que viene adentro. Y las empresas lácteas de los envases de sus productos. Y así sucesivamente con todo lo que consumimos. En una palabra, lo que quiero decir es que la responsabilidad extendida del productor (REP) fomenta la innovación sustentable.
Si esta tendencia se masifica, habría dos opciones.  O las empresas volverán a fabricar heladeras que duren treinta años, para que no se las devuelvan y no tener que hacerse cargo (lo que implicaría también dejar de operar psicológicamente sobre la obsolescencia percibida, sobre la que hablaremos en la segunda parte de esta nota) o innovarían para que sus insumos sean biodegradables, contengan menos minerales, metales, plásticos  y una larga lista de etcéteras.  El problema es que si la Ley de Moore sigue vigente, la primera opción parece cada vez más inviable.  El único camino posible (o deseable) pareciera ser  la REP.

Otra consecuencia positiva de la REP es su capacidad para traccionar e involucrar a la cadena de valor.  Dado que los componentes de cualquier cosa que compramos tienen insumos e ingredientes que provienen de cientos de otras empresas proveedoras, será menester de las grandes empresas fomentar, difundir,  capacitar y controlar a sus proveedores en sus prácticas socialmente responsables. 

Creo que este es el camino (o, por lo menos, la punta del iceberg) para compatibilizar la obsolescencia programada con la RSE. El otro asunto fundamental es cómo compatibilizar la obsolescencia percibida con las prácticas sustentables.  De eso nos ocuparemos en la segunda parte.


Joel Glotzer

photo credit: Thomas Hawk via photopin cc